Entrevista a Eliseo Alberto
por Mariela De Marchi*
Entonces, ¿Quién eres?
Eliseo Alberto: Soy un cubano errante, esa es la primera definición. Soy una bala perdida. Soy Eliseo Alberto de Diego García Marruz, escritor cubano, miembro de una familia de músicos, cirqueros, gente de teatro, bailarines y poetas de la isla de Cuba. Mi padre fue uno de los grandes poetas de la lengua española de todos los tiempos. Eliseo Diego, miembro de una generación de escritores que hizo una verdadera hazaña literaria en la Cuba republicana, desde los años 40 hasta la fecha. Llamada generación de orígenes, es presidida por un hombre que es casi un monumento, José Lezama Lima. Vengo de esa familia de locos, donde se decía que los que no servían para la música ni el circo lo mejor que podían hacer era dedicarse entonces a la literatura. Éramos los inútiles. Por eso mi novela “La eternidad por fin comienza un lunes” aborda el mundo del circo. Soy hombre de teatro también, pero sobre todo de cine, he escrito varios de los guiones de las peores películas que se hayan filmado nunca. Ese es un récord difícil de igualar. Una película que yo escribí se llama Guantanamera, es bastante conocida. Y nada... Ah, soy padre soltero de una hija maravillosa que se llama María José, que es mi mayor alegría, vivo con ella desde que tenía cuatro años, ahí los dos solos. Y eso me tiene muy orgulloso también, ser un buen padre y una buena madre.
Con todas las influencias literarias y artísticas que había en tu casa el camino estaba más o menos trazado, ¿tú alguna vez de niño has querido ser otra cosa?
Sí, quería ser fabricante de barcos. Y yo creo que hacía y tallaba barcos y hacía diseños de barcos, sin ningún conocimiento naviero. Yo he pensado en eso y pienso que tiene que ver con la condición insular de Cuba. Los hombres de las islas somos muy distintos a los hombres continentales, no quiero decir ni mejor ni peor, sólo distintos. ¿Por qué? Porque una isla es un naufragio. Es como si un barco se dirigiera hacia América y de pronto encallara en el medio del mar y hay que vivir allí. Y entonces la gente se acomoda en el barco, ¿verdad?, y uno siembra lechugas en la cubierta... Pero sabes que no se puede salir de allí, es una especie de maleficio, una isla es un maleficio. Por eso los cubanos, todos los isleños en general pero los de las islas pequeñas más todavía, nos pasamos toda la vida mirando hacia el horizonte. ¿Por qué pues el horizonte? Porque es por donde entra y sale todo. El horizonte es el límite de nuestra cárcel. Los hombres de las islas pequeñas nos pasamos la vida despidiendo y recibiendo a los amigos. Lo único importante que sucede en una isla es que alguien se va de la isla...
O que alguien llega...
...o que alguien llega. ¿Por qué? Porque quien llega nos cuenta qué diablos pasa detrás del horizonte. Y el que se va, se va a descubrir qué diablos pasa detrás del horizonte. Sí, el horizonte es nuestro carcelero. Una vez tuve una discusión con mi padre y algunos poetas cubanos, porque yo le decía “cómo será que nosotros odiamos el mar”. Martí lo decía, Martí dice “odio el mar furioso cuando ruge” y no hay un solo gran poema al mar. Y los poetas grandes decían “no, no puede ser, que fulano...”. Y empezaron a pensar y efectivamente no hay grandes poemas al mar. Porque sí hay a la playa, a la costa... Pero una cosa es la costa y otra cosa es el mar, ¿no? El mar profundo está ahí, porque no se nos mueve nunca. Por eso yo creo que me gustaba el oficio o la profesión de hacedor de barcos, porque de alguna manera estaba preparando mi balsa para la fuga, digamos, ¿no? En Cuba se dice “cruzar el charco”, lo importante es cruzarlo. El charco es el mar, ¿no? También quise ser pianista, pero también por la tradición familiar. Y soñaba con ser un gran ajedrecista. Eran mis tres sueños.
¿Y hay ahora algún pequeño o gran sueño de algo diferente de lo que ya haces?
El ajedrez sigue siendo la pasión más grande de mi vida. Y nada, me gusta la cocina, he aprendido que soy un cocinero extraordinario. Eso lo aprendí cuando me quedé solo con mi hija que era muy pequeñita. A mí la cocina me entretiene muchísimo. Cocino mucho, en mi casa todos los días van a comer diez o doce amigos, casi todos cubanos errantes también, exiliados. Muertos de hambre que van a la casa a buscar su olla popular, digamos. La cocina me entretiene mucho, me encanta cocinar, me gustaría escribir un libro de cocina.
¿Cómo has empezado a escribir? No sé ni cómo hacerte la pregunta, parecería tan obvio, en tu caso...
Sí, pero bueno, no te creas que es tan sencillo, porque mi padre era uno de los grandes poetas de la lengua. Pero era un hombre muy humilde. Yo cuando era niño no sabía que mi padre era escritor. Yo pensaba que mi padre era lo que era, el maestro de la escuela del pueblo, de primaria. Cuando digo que no sabía que mi padre era escritor es porque nunca lo había visto trabajar. Por ejemplo al tío violinista, sabía que era violinista porque tenía un violín en la mano y a la tía saltimbanqui porque se ponía a tirar pelotas y al bailarín porque se ponía a bailar. Pero el ejercicio, el oficio del poeta es un oficio solitario. Y un día buscando en su biblioteca algunos libros para leer – él nos enseñó a leer, el amor por la lectura, yo fui siempre de niño un gran lector – me encontré el lomo de un libro que decía “Por los extraños pueblos”, se titula, y el autor era “Eliseo Diego” (Diego en nuestro caso es apellido). Y entonces fui corriendo a donde estaba papá para decirle que en este mundo había una tercera persona que se llamaba como nosotros: Eliseo Diego. Así, Eliseo Diego papá, Eliseo Diego yo y este señor que había escrito un libro. Y papá, como si le hubiera sorprendido así en una travesura, me confesó casi con pena que era él. Y ahí supe que mi padre era poeta.
¿Y tú?
Yo había escrito algunos poemitas así de muchacho enamorado. Yo no sé cuándo decidí que era escritor, la verdad. Yo los primeros libros que publico son libros de poesía. Pero la comparación con mi padre ahí era imposible. Porque mi padre es uno de los grandes grandes grandes. Y era muy difícil ser Eliseo Diego junior. Fue entonces cuando yo decidí incursionar en géneros literarios que mi padre no hubiera tocado, porque la comparación en esos géneros era más difícil, ¿no? Es decir, ahí estaba disponible el camino, el terreno de la novela. Entonces me puse a hacer novela, y no podías decir que la novela de Eliseo Diego padre es mejor que la de Eliseo Diego hijo, porque Eliseo Diego padre nunca había escrito una novela. Y me metí en ese mundo del teatro, de la narrativa y sobre todo del periodismo. Porque mi oficio de carrera digamos, y que ejerzo con mucha alegría, es el periodismo.
¿En cuál de estos géneros te encuentras más a tu gusto?
Sin duda en la novela. Porque la novela es un trabajo de carpintería de largo aliento, es como construir un barco. Para construir una novela hace falta mucha paciencia, mucha habilidad, es también jugar ajedrez...
Además no basta que sea bonito el barco, sino que tiene que navegar, ¿no?
Tiene que tener buen calado, buen maderamen, bien construido. Tiene que ser bueno lo que no se ve, que es la estructura secreta, íntima de ese barco. Y ahí yo creo que he canalizado todo, ahora que lo pienso. Nunca lo había pensado así: hacer una novela es construir un barco. Hacer una novela es jugar una partida de ajedrez, porque tienes que mover esta pieza sabiendo que después vas a mover esta otra y que diez jugadas más adelante vas a atacar tal punto en el frente del contrario. Y es también cocinar, porque primero tienes que poner una cosa, y después las papas tienen que estar hervidas a tal temperatura, y el arroz se acompaña con los frijoles, y la ensalada que pega no es de tomate sino de lechuga. Uno va haciendo su menú y sólo entonces se sirve el banquete y una buena novela es eso, ¿no?, un banquete. Se disfruta, se goza, se saborea, se paladea y a veces hasta se expulsa (risas).
Tú eres muy pasional cuando escribes, se siente en el tipo de personajes, en el modo de narrar. ¿Es una necesidad la que te lleva a escribir o un acto racional?
Yo creo que sí es una necesidad. Quizás esto es ingerencia del periodismo y de mi profundo conocimiento de mi país – yo siempre digo que nadie ama más a mi país que yo, lo pueden amar muchas personas igual que yo, miles, millones de personas pueden querer a Cuba tanto como yo, pero más que yo no, eso sí ya es imposible – conozco bien a mi isla y también mi mundo, América, etc., y a mí siempre me ha interesado la historia de los hombres sin historia. La historia de esos señores que uno ve pasando por las calles y a veces uno se pregunta “este hombre tiene buena cara, qué habrá sido este hombre de niño, cómo habrá sido”. Yo me entretengo mucho en eso, veo a las personas y las voy reduciendo, reduciendo, reduciendo, reduciendo... hasta que las alcanzo a ver de niñas. Ahora estoy viendo al pintor guatemalteco, cómo sería el pintor guatemalteco de niño, yo me lo imagino. Me encanta la historia de los hombres sin historia, sin historia pública. Me encantan las historias de los feos, de los que no tienen gracia, de los tímidos, de los cobardes, me encantan los cobardes mucho más que los valientes. A mí los valientes me parecen unos seres despreciables, en general. Un valiente es una suma de muchos defectos para mí: vanidad, orgullo, casi siempre son guapos en las películas, ¿tú viste que siempre son guapos los valientes? El cobarde me parece un personaje dramáticamente más complejo, más humano. Una vez yo estaba en Asturias, yo soy bombero honorario de Asturias, es el único título de nobleza que tengo: bombero, y es que una vez en un programa de radio me estaban entrevistando como tú ahora, y yo dije que por los únicos valientes por los que yo pondría la mano en el fuego...
¡Literalmente! (risas)
¡Literalmente! ...eran los bomberos. Los bomberos eran los únicos valientes que valían la pena y los únicos que iban a apagar el fuego, ¿no? Y frente a la estación había curiosamente una estación de bomberos asturianos que estaban oyendo la entrevista, y cruzaron y me regalaron un sombrero de bombero de esos viejos, colorados. Esos son los temas que a mí me interesan. Mi novela, por ejemplo, “La eternidad...”, empezó con mujeres barbudas, enanos, jimaguas multiplicados... historia de gente sin historia, historia de gente humilde. Es que ¿qué hay detrás de ese que nadie ve, de ese que nadie mira? Un poco la mirada, el saber ver la mosca en la pared. Ver lo que no se ve. Ver en un par de zapatos los caminos que anduvo ese zapato. La vaca que fue la piel de ese zapato. Yo creo que ahí yo canalizo, a través de la novela y a través de esa mirada, lo último que queda de aquel poeta joven que quise ser, cuando abandoné definitivamente la escritura de la poesía. Esos son mis personajes. Nunca podré escribir la historia de un triunfador o de un hombre demasiado guapo, demasiado exitoso. Para eso están otros escritores y lo hacen muy bien y ganan mucho dinero. Mis novelas no se venden pero las de ellos sí. Pero las mías son mejores (risas).
¿Cuáles son tus cinco libros del corazón? Los más amados en este momento...
En este momento… Pues bueno, en primer lugar la obra poética de mi papá, vamos a ponerlas todas ahí, que acaba de salir en un tomo completo la poesía de mi padre. Las dos mitades del vizconde, de Ítalo Calvino, es una de mis novelas favoritas. Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Cualquier novela de Graham Green, yo soy un lector de Graham Green sin remedio. Y El gran Molnés, la novela francesa que leí de niño y que cambió mi vida.
Muchas gracias.
Pues gracias a ti.