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MICRORRELATOS GANADORES
EL CIRCO
Publicado el 13/04/09 por Pablo Medina
Me gusta situar el principio de mi vida en un soleado 17 de mayo de 1930, cuando el circo Roncelli arribó a mi pueblo. Si me concentro lo suficiente puedo revivir la intensa fascinación que me produjo el caótico desfile de entrada, modesto pero hilarante. Los artistas con llamativos atuendos rondaban a los presentes con bromas, trucos, ejercicios, música de acordeón y hasta leyendo la buena fortuna, todo ello aderezado con un entusiasmo realmente contagioso.Tras ellos avanzaban lentamente cinco carromatos,el primero de los cuales superaba en dignidad al resto por la lona bordada que lo cubría y por el mérito de llevar en su pescante al director del circo, delatado por una levita azul y un brillante sombrero de copa alta. Pero una sorpresa superlativa esperaba aún, ya que el último carromato arrastraba una jaula con un león (Salomón según el vistoso cartel que la coronaba), algo tan improbable por la humildad de la comitiva que precedía como sorprendente para un pueblo Castellano.

El señor Richelieu, director e ilusionista (en todos los sentidos), me descubrió rondando por los alrededores del circo y pronto me reconoció como una de las piezas que le faltaba a su número de payasos. Se dirigió hacia mi lentamente, escrutándome sin ningún pudor, yo asustado por su regio porte y las presunciones de pueblerino. Más sin embargo una sorprendente voz, ligeramente aguda, cálida y muy viva, exagerando la entonación como un actor al declamar, me tranquilizo e hizo que el ofrecimiento de unirme a su troupe y su argumentación sonase convincente y sincero. Marché sin haber dicho una sola palabra, tal es mi timidez, pero ambos entendimos. Fue así como de repente encontré un oficio, una familia, una justificación, todo a la vez y con ese regusto de ironía que tienen las grandes oportunidades, yo que siempre fui el hazmerreir del pueblo. Antes de ese día yo era Antonio el enano, ni un hombre ni un niño, un eterno monaguillo cuya única compañía eran los libros del Cura y la burla constante, pero a partir de entonces fui Tonino el payaso, un neonato de 50 kilos, 103 centímetros y 27 años.

¿Cómo dibujar aquel grupo tan singular con mis escasos recursos? No pocas veces me parece que mi inteligencia es pareja a mi estatura, y todo adjetivo se me antoja insuficiente, torpe, inexacto o demasiado banal para describir aquel riquísimo mosaico que formábamos: un mago tan misterioso como charlatán, cuatro payasos desafiando la delgada linea que separa el absurdo de la tragedia, dos pares de expertos en hacer malabares con cualquier objeto que no fuera de cristal, acróbatas de bajos vuelos, un dúo de funambulistas en la cuerda floja, un lanzador de cuchillos casi infalible, dos bailarinas elegantes como faisanes, un domador intrépido pero manco, un liviano forzudo y un pesado enano, el audaz equilibrista de la rola-bola, tres músicos de oído y los animales, varias mulas de carga, tres perros y Salomón, el improbable león. En total, 11 personas con tanta miseria como ilusión en el equipaje. Un raro y casi perfecto equilibrio reinaba en aquella humilde compañía, quizás fruto de la armonía, de la ausencia de expectativas, o quizá solo fuera el mero contraste con el caos de vidas anteriores. Puedo decir sin temor al engaño del tiempo que fui feliz.

Pasaron años, pueblos, villas, aldeas y cientos de memorables funciones. Parecíamos nómadas escapando de la pobreza, siempre una cabeza por delante pero cerca, muy cerca, lo cual no hacía sino acrecentar nuestra percepción de ser afortunados. Llegó la guerra, y curiosamente nuestra situación no empeoró, ni mucho menos. Cierto día, en los principios de la contienda, estábamos acampados en un pueblo castellano al ser tomado por las tropas nacionales. El oficial al mando del destacamento requirió al señor Richelieu, y según nos contó consiguió que respetaran nuestra condición de artistas tras una audaz argumentación que fundamentaba nuestra filiación al caudillo en los orígenes romanos del circo, aunque, según el parecer de algún compañero, mayor influencia tuvieron ciertos argumentos de la señorita Jazmín, más sutiles que aquella falacia histórica.

Y así pasamos 3 años, amenizando a las poco exigentes tropas azules entre batalla y batalla, comiendo del mismo rancho y asistiendo a los mismos oficios. Acabó la guerra y llegó lo peor, dejamos de ser los bufones de la soldadesca y volvimos a la vida nómada. Rota la burbuja en que vivíamos, nos dimos de bruces con una dura realidad, el inmenso drama de la guerra se nos presentaba en cada pueblo en la forma de la más absoluta de las miserias. Estábamos acostumbrados a la pobreza, pero no a tanta hambre y necesidad. Cruel ironía, colmados durante la guerra y vagabundos en tiempos de paz. Unas cuantas patatas y algo de tocino eran pago más que suficiente para actuar, y eso en los días buenos.Sólo nos mantenía unidos el cariño y la voluntad de nuestro director.

En Diciembre del año pasado nos abandonó Don Luiggi, la muerte disfrazada de neumonía nos arrebató a nuestra gran estrella el domador-lanzador de cuchillos, y con tan tristes antecedentes se presentaba la Navidad.

El señor Richelieu, a pesar de ser casi un anciano, parecía vivir cien pies por encima de la realidad, contemplando el mundo a través de una maraña de nubes que hacían que todo fuese redondeado y esponjoso, difuminando los sucios matices y aristas de nuestra vida y coloreando allá donde faltaba el color....hasta ese fatídico 23 de diciembre en que un golpe de lucidez, una revelación o un vacío en las tripas le hizo descender a esa realidad cenagosa en que vivíamos. Debió de asaltarlo la certidumbre de que un final trágico e inexorable se cernía sobre la compañía,y en su desesperación recurrió a mí, el más discreto y prudente de la compañía, para compartir esos aciagos pensamientos. Fue ese hecho, más que el hambre, lo que terminó de contagiarme la angustia que flotaba en el ambiente. Me llevo aparte, hablamos y lloramos largo rato, cuando de repente una especie de revelación le hizo salir del estupor.

"Tonino, hijo mio, ¡somos un circo, vendedores ambulantes de ilusión!. Esta compañía, de tanta hambre, parece haberse comido hasta la última pizca de esperanza y, precisamente, esa ilusión. ¿Que podemos ofrecer, pues? ¿Por qué ha de quitarse nadie un pedazo de pan para dárnoslo a nosotros? Nos miran y ven reflejada y amplificada su propia miseria, esa es nuestra tragedia. Pero esto se acabó, tenemos que levantar los ánimos de esta compañía, volver a ser los mismos ilusos despreocupados que contagien el olvido y la risa. Dad y recibiréis dijo el señor...Alimentemos el espíritu para que podamos dar."

Sentí un gran alivio al volver a nuestra relación de siempre, él un elevado Quijote y yo un silencioso Sancho pegadito a la tierra. La razón o la pasión, que más da, acompañaban a tales palabras, necesitábamos elevar el ánimo o nadie daría nada por vernos. Y que mejor manera de hacerlo que un gran banquete, y más en Nochebuena.

El señor Richelieu y su esposa la Peyroux se encargaron de organizarlo todo. El resto improvisamos un comedor al abrigo de los carromatos, la lona de una tienda haciendo de falso techo, escasamente iluminado por varias lamparas de aceite y la lumbre; tres tablones superpuestos hicieron de mesa, y la señorita Crisantemo acertó al colocar varias banderas a modo de manteles, confiriendo un toque solemne a la escena. Ya sentados en la mesa, el señor Richelieu nos sorprendió con una tinaja de vino cosechero, tan ácido como lejano al recuerdo. Tras las primeras libaciones, las caras cargadas de tristeza y fatiga se fueron trocando más alegres. Nos comenzamos con una magnífica sopa castellana, si bien escasa de huevo y chicha, hay que reconocer que generosa en caldo y temperatura. Siguieron unas patatas revolconas con un delicado toque de tocino y pimentón acompañadas por varias cebolletas en vinagre; durante unos breves minutos cesó toda conversación, prueba manifiesta del favorable recibimiento de lo que en ese momento era un manjar. El vino, la comida, el ambiente, algo de esperanza: los recelos se diluían como las migas en el vino, y comenzábamos a animarnos, las conversaciones miraban al futuro, un quizás se dibujó en algunos labios. Yo, aún sin beber vino, imaginaba un pequeño milagro al hacerse presentes las risas. Ya se hablaba de planes de futuro sin ninguna prudencia, Dominique y Rigadou tenían entre manos un número único que nos daría gran fama mientras la Señorita Crisantemo y Jazmín discutían una coreografía nueva. Así de exaltados nos encontrábamos cuando Madame Peyroux y Richelieu entraron en el comedor cargando una gran fuente de barro oliendo a carne. El colofón a tan digno yantar fue un guiso de carne estofada y patatas, algo magnifico dadas las penosas circunstancias. Si bien la carne resultó bastante recia y fibrosa, el caldo y la patatas estaban muy sabrosos y todos convinimos en que el plato era exquisito. Richelieu apareció con otra tinaja (desconozco que gran sacrificio tuvo que hacer para conseguir tal cantidad de vino), y comenzaron las canciones y las chanzas, gritos y bailes, el pasado parecía glorioso y el futuro se presentaba propicio.

Allí estaba yo, silencioso espectador contemplado el espectáculo. Pero mi gran intuición, quizás fruto de tener la cabeza a la altura del lugar donde los demás toman las decisiones, me hizo sentir una gran incoherencia implícita en la escena. La pobreza hace pocas concesiones, y este exceso tendría su contrapunto. Me fije en la Peyroux, miraba a la nada, con cara de infinita tristeza. Nuestros ojos se cruzaron y tuve la certeza de que pensábamos lo mismo. De repente se levantó, alzó su copa y se hizo el silencio.

"Brindemos por el pasado, por la felicidad y la esperanza (bebieron). Brindemos por el futuro, por el reencuentro (bebieron). Brindemos por los ausentes, por Luiggi y por...Salomón."

Dicho esto, se desplomó en su asiento, llorando discretamente, la cara entre las manos. Por un inmenso minuto todos estuvimos en silencio rumiando sus palabras, el significado estaba claro. La culpa rugía en mi estomago, y no pude evitar la vergüenza de pensar en un futuro alternativo, lejos de ellos, y fui incapaz de mirar a Richelieu a los ojos. Dominique acertó a romper este incómodo paréntesis con su acordeón y empezó a cantar un villancico. Tácitamente aceptamos una tregua, un mañana será otro día y ya veremos: cantamos y luego reímos...

[Epilogo] 1941, Barcelona.

Un gran alboroto escapa del comedor, la cena está a punto de comenzar y yo debería estar allí, con el resto de la troupé. El día ha sido como una función interminable, una sucesión de bromas, números, ejercicios, canciones, pero muy a mi pesar no consigo ser partícipe de este bullicioso presente. Llevo horas perdido en otra Nochebuena, la del año pasado, repasando recuerdos y sopesando los ecos de viejas sensaciones en busca de algo que ayude a no sé muy bien qué, quizás justificarme o quizás simplemente revivir, pero solo estoy consiguiendo apretar más este nudo de nostalgia y culpa que me oprime. Y he aquí al pequeño Tonino, un metro de humanidad escondido en un armario, repitiendo aquellos nombres como si fueran la letra de una canción: Señor Richelieu, Madame Peyroux, Luiggi, la Señorita Jazmín, Dominique, Rigadou, Alexei, Salomón...sin saber ni siquiera dónde están los que siguen vivos.

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