El deseo homosexual, de Guy Hocquenghem, Melusina, 2009.
La reciente noticia que se ha difundido desde Australia, donde un ciudadano británico o ciudadana británica (¿?) ha logrado su inscripción como ciudadano de “sexo neutro”, trae al primer plano de nuestra actualidad social y cultural el libro de Guy Hocquenghem, en cuanto pionero de un movimiento que, a contracorriente, logró abrir el debate de las identidades sexuales, sus trampas y falsedades. En ese aspecto, esta obra no ha perdido vigencia, aunque está claro que, entre el clima en que el libro fue publicado inicialmente y este punto de principios del siglo XXI, media un importante trecho ya recorrido. Pero quedarnos aquí sería desposeer a
El deseo homosexual de sus aportaciones más significativas al pensamiento contemporáneo, como es la crítica y revisión de los conceptos manidos en torno a la homosexualidad, así como de la validación psicoanalítica de la pulsión de objeto homosexual como fuente del conglomerado social, en forma de sublimación de un deseo que no sería lícito tomarse al pie de la letra. Para Hocquenghem, esta suerte de vuelta de tortilla de una realidad compleja, que es la conformación de la psique humana, individual y colectiva, y su relación con la condición sexual, sólo es fuente de malentendidos, de frustración, mera garantía de la prolongación de los preconceptos y prejuicios asociados a la homosexualidad explícita y autoconsciente, al menos de los que imperaban en el clima revuelto de mediados del siglo XX.
Así que, a pesar de todo, el rescate que Melusina hace de esta obra polémica y adelantada a su tiempo constituye un hito necesario para la comprensión cabal de dónde nos hallamos ahora en el eterno debate sobre la homosexualidad, sus causas, sus circunstancias, su esencia y sus polémicas. Porque, aun después de lo llovido tras la publicación de las palabras de este agitador francés, nos encontramos todos los días con discursos rancios que son absolutamente inadmisibles, que no pueden ser tomados en serio para argumentar la terca oposición a normas que por fin tienen en cuenta a los colectivos de “sexualidad no estándar”. Pero es que Hocquenghem va más allá, y también advierte en ocasiones, y no vanamente, sobre los discursos asumidos por los propios colectivos homosexuales militantes, y que llevan en ocasiones implícita una asimilación ramplona de las verdades oficiales, falsarias y represivas, que él mismo ataca y busca desmontar en su sesudo texto.
El ensayo de Guy Hocquenghem viene en esta edición perfectamente rematado por el opúsculo
Terror anal, de Beatriz Preciado, donde, gravitando en torno al objeto “ano”, su significación, su inserción psíquica, su carácter social, se actualizan de forma magnífica las reivindicaciones y malentendidos adheridos a los discursos en torno a la condición sexual y sus multiplicidades en expansión. Y es que el concepto de analidad y el modo de tratarlo arrastran tras sí un mundo de implicaciones profundo e insospechado, pues en su aspecto habitual de objeto privadísimo e inhábil para ser compartido, se puede hallar la base de muchas concepciones y prejuicios de índole social, personal, sexual. En cualquier caso, entre el lector (con perdón) a través de las puertas señaladas por carnales montes y juzgue por sí mismo. El libro en su conjunto resulta tremendamente sugestivo, y considero que es una lectura necesaria y esclarecedora, mucho más enjundiosa, argumentada, útil y profunda que las narraciones obsesas, banales y pretendidamente ejemplarizantes de nuestro aspirante a agitador sexual José Luis Sampedro.