El manual de mi mente, de Paco Alcázar (Mondadori, 2008)
Al ver la portada de este libro, recordé algo que escribió Jordi Costa hace unos años sobre Miguel Ángel Martín, otro de los francotiradores del tebeo español: “Si se me cayese un billete de cinco mil pesetas en su cerebro, me lo pensaría dos veces antes de entrar a recogerlo”. No dude el lector entrar a recoger la, teniendo en cuenta el cambio al euro, sorprendentemente más barata incursión por el cerebro de Paco Alcázar que nos propone esta suerte de obras escogidas suyas. Incluso aquel lector no habituado al código de expresión habitual en el cómic, aquellos “zap”, “crash”, “boom” “bang” de los que se me quejaba una avezada, capaz y constante lectora a la hora de enfrentarse a la narrativa gráfica, erigiendo dichas onomatopeyas y otras convenciones propias de las historietas como muralla infranqueable a la hora de penetrar en ellas.
Olviden esas barreras. Pues Alcázar es un
escritor de historietas, y las
escribe dibujándolas. Y a esta colección de relatos le convendría el calificativo de costumbrista si en ellas no estuviese tan marcado la hipérbole vitriólica ni la enumeración caótica, corrosiva y descacharrante de casi todas las patologías que alguna que otra vez los medios reflejan de nuestra lóbrega realidad, así como de otras muchas que el autor aporta de su inagotable imaginación. Imaginen a unos extraterrestres tratando de remedar lo que debiera de ser la vida en el planeta Tierra basándose en los testimonios de la televisión de madrugada, los periódicos sensacionalistas y tabloides del estilo “Noticias del Mundo”, en los que, no sé si lo recuerdan, se daban noticias del estilo: “árbol en Liberia que canta los éxitos de la radio” o “Dolly Parton es extraterrestre y come carne humana”. A Alcázar le basta con escribir un
bocadillo (el globo de texto que dice el personaje en la historieta) para empezar a
novelar, ilustrando una hipotética tesis que podríamos jugar a titular como “una sociedad demente como materia novelable”.
¿Y qué pueden encontrar aquí los amantes de los cómics? Bueno, imaginen Mortadelo y Filemón o a los personajes de
13 Rúe del Percebe alucinando por sobredosis de medicación para la depresión, o a los autores del
TBO versioneando las pinturas negras de Goya tras caerse en una marmita de anís del Mono mezclado con ácido lisérgico y tratando de darles después la narratividad de un episodio de
Con ocho basta. Aunque pueda añadir a su cóctel una pequeña proporción allá de Daniel Clowes (
enfant terrible del cómic
underground norteamericano) u otra acá de la Escuela Bruguera, y que en definitiva sepa que un creador debe estar al tanto de lo que se hace en el medio en el que crea, Paco Alcázar no cae en la autorreferencialidad hacia ese mismo medio: sólo busca más y mejores armas para explotarlo, y afilar sus recursos de cara a narrar unas historias para las que el lector, tras devorarlas, no podrá imaginar mejor forma de cocinarlas. Unas historias que miran a su alrededor, a la sociedad que las devora como devora las otras millones de historias, no todas sanas, y que hallan su reflejo en el menú que oferta Alcázar.
No deberían probar a arrojar sus billetes dentro de este volumen los que no gusten de un humor negro que aquí se destila en cada viñeta, y aun en el título del epílogo “Puedo explicarlo todo”, en el que el autor acredita dónde ha ido publicando de forma previa –desde 1997 hasta este mismo pasado año - las distintas historietas. No todo puede explicarse; no se acerquen los que descrean del teatro de la crueldad como medio de expresión y como código insustituible para retratar nuestro delirante presente: más que ante un teatro, estamos ante todo un circo como los de antes, aquellos en cuyos carteles anunciadores los grandes éxitos del momento en cine y televisión se convierten en reclamo, como números incluidos en el show. Pero aquí esos grandes éxitos consisten en pequeños niños con cabecita de anciano que emergen de los huevos de la cena, gatos que se dirigen de forma soez a sus amos para acto seguido someterlos a vejaciones sexuales, oficinistas que aprovechan un súbito colapso apocalíptico del planeta para robarles los bolígrafos a los compañeros, o dibujantes de fanzines adaptando la Biblia al cómic para librarse de las llamas del infierno.
Analizando los mecanismos del posmodernismo literario, Frank Kermode afirma en
Historia y valor. Ensayos sobre literatura y sociedad[1]: “Benjamín cree que el aura debe su existencia a la opresión capitalista, pero también que representa una totalidad esencial, unas correspondencias entre partes o fragmentos que constituyen la integridad del mundo. La tensión entre estas dos convicciones confiere a su discurso una nota trágica. No obstante, es carnavalesco: posee lo que George Steiner denomina cierta tendencia hacia la “charlatanería de lo arcano”[2]. Se trata de un toque de
blague[en francés chiste o broma, y también metedura de pata], imagen recurrente en el arte de su tiempo, aire apropiado a la ciudad fragmentada. Desde un punto de vista analítico, afirma Kermode, la tendencia sostenida hacia la
blague es regresiva. Y Alcázar practica una y otra vez su repetido viaje de ida y vuelta, e ida, hacia lo cómico, y también lo monstruoso; por los caminos de la crueldad y de lo absurdo, a través de todas estas historias, cortas en su mayoría. Le bastan un solo
bocadillo, dibujar cualquiera de los rostros de sus peculiares personajes, para dar forma ya no sólo a una
blague, sino a toda una pequeña narración, dentro de la historia que nos esté contando.
“La totalidad existe”, continúa Kermode[3]. “Conlleva en sí misma lo fragmentario, porque se trata de de una unidad hecha de millones de hechos azarosos, algunas veces horribles […], pero a veces también fantásticamente facetados, llenos de
blague, ese modo vecino en el cual siempre caen los que practican la ironía”. Alcázar va más allá de la ironía y pratica una suerte de sarcasmo virginal, como si al niño de E.T. le diesen un cuchillo de carnicero después de que al alien no lo hubieran dejado marchar al final de la película. Si el artista-
flâneur es aquel que, en las ciudades modernas, registra la “acumulación de impresiones obtenidas de nuestro trato con objetos que no nos devuelven la mirada”[4], el nuevo
flâneur fantasea de forma psicótica con la parte que no puede verse, en estos tiempos de forzada y continua transparencia, de la vida de sus semejantes urbanitas: esos conciudadanos que, como los objetos de los que habla Kermode, tampoco devuelven la mirada. El artista-
flâneur es sustituido por el artista de fanzine que sigue practicando los modos
amateuristas y la generosa creatividad que implica la filosofía del fanzine -y aquí pienso en la intensa actividad que nuestro autor, más allá de la historieta y como otros puntales de nuestra historieta como Mauro Entrialgo, desarrolla también como músico o videocreador a través de Internet, ese nuevo medio que pareciera creado a instancias de las fantasías más descabelladas del antiguo creador al pie de trinchera, o sea de fotocopias grapadas a mano.
Volvamos a nuestro viejo y amado formato de libro, al libro de Alcázar. En “Todo está perdido”, el relato más antiguo del volumen, un accidente de coche reaparece una y otra vez como un
ritornello que conduce el tiempo de la narración a un presente continuo e infernalmente reiterativo, adelantándose en varios años a
Inland Empire de David Lynch; su estilo radicalmente distinto, sobre todo, en el dibujo, lo convierten en la joya más bizarra de un libro de por sí bizarro. “Tu mejor movimiento”, que narra la historia de quien adapta la Biblia a cómic, retrata de paso el mundo de los fanzines –primera plataforma de publicación de muchos de los relatos e ilustraciones del volumen-, y resulta especial y ferozmente divertida en un libro, sí, feroz y divertido; su premisa argumental podría haber servido a Gogol para escribir su versión del
Fausto de Goethe, si es que tal cosa le hubiera apetecido al pobre Gogol. “Membrana”, a través de la pavorosa incursión de sus personajes de forma soterrada o a plena luz del día por extraños rituales de muerte, es la única y definitiva incursión de Alcázar por los rituales de la historieta muda. “Destruyan Ciudad Accidente” desvela los extraños mecanismos que encadenan en secreto al ser humano a la humillación a través de una pequeña mascota con cabeza humanoide, con el crispado mundo de los compañeros de empresa de fondo –no digo “un crispado mundo” o “unos compañeros de empresa” porque pareciera que, en sus cómics, no hay indeterminación posible: la epítome, que no la generalización, deviene inevitable; el secreto más horroroso, la vergüenza más inenarrable, pasa de lo colectivo a lo privado y de lo privado a lo colectivo sin remedio.
Más relatos completan el volumen, y solo mencionaría una pega en “Mecanismo blanco”, recopilación de entregas de una sola página –publicadas en la desaparecida revista El Víbora-, al depender demasiado el resultado del carácter autoconclusivo de las entregas, y cuyos aberrantes personajes, reunidos en torno a un protagonista que simultanea un particularmente atroz ejercicio de la neurocirugía con el reparto de pizzas a domicilio, habrían merecido una historia más cohesionada, dado que en número de páginas resulta la parte más larga del volumen. Pero son cosas del directo, o más bien de la recopilación de ese directo.
La revolución no será televisada: nos la está contando Paco Alcázar, de un tiempo a esta parte, en sus historietas; en ese universo único e intransferible suyo, reflejo descacharrante del nuestro, donde la revuelta y los accidentes de coche están sucediendo una y otra vez.
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[1] Frank Kermode, Historia y valor. Ensayos sobre literatura y sociedad (trad. de Nora Catelli), Edicions 62, Barcelona, 1990.
[2] Introducción a W. Benjamín, The Origin of German Tragic Drama, 1977, pp. 1-24, cit. en Frank Kermode, op. cit., 177.
[3] Frank Kermode, op. cit., p.178.
[4] Frank Kermode, op. cit., p.177.