Araña (Ediciones El Gaviero, 2005) de Ana Gorría
Ana Gorría (Barcelona, 1979) es una joven poeta que ha publicado ya dos libros Clepsidra (Accésit del I certamen María Isidra Quintina de Guzmán; Córdoba, Plurabelle, 2004) y Araña (Ediciones El Gaviero, 2005).
Dice en el prólogo de Araña José Luis Gómez Toré que Ana Gorría escribe con un lenguaje simbolista y que dispone de una voz adensada, y es cierto, aunque al mismo tiempo no es una poesía densa, pues normalmente se trata de versos cortos, y donde el silencio juega un papel fundamental; como dice Gómez Toré “se trata de hilar voz y silencio”. Por ello se podría hablar aquí de una poeta del silencio, como se ha denominado a otros, pero creo que eso no deja de ser una catalogación que puede simplificar un alcance mayor, porque todo poeta no deja de tener un estilo o un mundo propios. Podríamos decir que Ana Gorría domina los límites del silencio y de la palabra para sugerir lo que la realidad por sí misma no puede. Y eso es, a mi modo de ver la gran poesía, las palabras que en consonancia unas con otras, con los blancos y los silencios, con el ritmo y la música, logran establecer una relación con la realidad –sea ésta la realidad que sea- que no puede ser logrado de otra manera. Y eso es, ni más ni menos, este bello y a veces, oscuro Araña.
Su poesía tiende a la reflexión, hacia la observación, no sin cierta tensión que acosa la realidad más cotidiana, las cosas invisibles que nos rodean para intentar dotar un sentido existencial. Así, poemas como “Solsticio” o “Escombrada” hermanan la dulzura con la tensión; otros, como “Sintaxis en ceniza” o “Invierno” destilan una melancolía que tiende hacia lo trágico. Y aun encontramos poemas donde la voz poética se sirve de referencias culturales para armar o construir una “mirada”, caso del bello poema “Tela de araña” en una lectura personal de la película Blade Runner.
Ana Gorría domina la palabra, sabe de su fuerza pero también de su sugerencia, tal vez por ello mantiene esa difícil combinación de palabra dócil y dulce a la vez que tensa y oscura. Su verso, en ocasiones, tiende hacia la pintura en poemas como “Cristales”, o “Les noces barbares”: “Habitación naranja. Las dos sombras / se arrastran y se muerden. Con la sangre / se enfrentan con la sangre. Todo / es azul, verde, naranja, verde. Todo / y el nocturno terror de conocerse”. Sus poemas, parecen dibujar escenas que quedan suspendidas en el relente, como si sus poemas pudiesen esculpir el tiempo, fotografiar la luz. Así, los verbos –escasos- están sutilmente elegidos, como en “Géiser”: “Moviéndose la luz, en este cuarto / que insiste en su corriente extraordinaria. / Constante catarata que disuelve / su esbozo entre los ojos para abrirlos / a las calles mojadas por la lluvia”.
Podemos encontrar un tratamiento de la realidad que a veces me recuerda a Antonio Gamoneda, en poemas como “Cristales” donde se dan la mano la alucinación y la incomprensión para precisamente intentar horadar la realidad, pero mientras que en Gamoneda hay una visión “alucinada”, en Ana Gorría se trata más bien de un misterio, de una visión de la incertidumbre desde la mirada o la reflexión.
Por último, destaco, además de la la voz poética personal, la variedad de los poemas, ya que podemos leerlos de manera independiente, y a la vez, en relación unos con otros, en una lectura plural que alcanza un sentido más completo.
Mención aparte merece la cuidada y creativa edición, con un hermoso dibujo de Pepa Cobo, un inteligente prólogo de otro gran poeta –José Luis Gómez Toré- y como sorpresa final, una sección de partituras a modo de poemas musicales por Juan Gómez Espinosa.